Advertencia: Contiene Spolers de "Breaking Bad"
“Guess I got what I deserved,
Kept you waiting there too long, my love,
All that time without a word
Didn’t
know you’d think that I’d forget
o I’d regret the special love I had for you,
my baby blue”
Los acordes empiezan a sonar y el
corazón se nos para. Walter White, o mejor dicho, Heisenberg, reposa en el
suelo de su amado laboratorio, con su camisa manchada de sangre. Y se acabó.
Fin de la historia. Era el final que cabía esperar. No podía ser de otra
manera. El hombre, el gran cocinero, no podía permanecer en este mundo, porque
no merecía vivir, pero tampoco abandonarlo sin llevarse su pequeño trocito de
victoria personal. “Lo hice por mí” le confiesa lo poco que queda del padre,
del químico, del capo, a Skyler, a modo de despedida. “Me gustó. Era bueno en ello.
Me sentía… vivo”. Todos sabemos que
Walter es el perfecto ejemplo de la corrupción personal, el paradigma de lo que
pasa cuando bailas con el mal con la esperanza de salir ileso. Pero sin duda
alguna, Walter es rebeldía. Es libertad. Y por eso nos encantaba. Todos hemos
soñado romper con las cadenas que nos atan a nuestra vida; pasar deslizándose
sobre todo. Romper la barrera de la moral, de la sociedad y sus condiciones.
Eso era Heisenberg en su plenitud. Por lo menos para mí.
El maestro, cuando ve que todo se
derrumba, solo le queda permanecer de pie y aceptar, por una vez, las
consecuencias. No hizo todo esto por la familia. No desde hace mucho tiempo. El
último recurso que le queda es afrontar la realidad y tratar de ajustar cuentas
de la mejor manera posible. Y lo hace a su manera; a la manera del genio. Lo
deja todo atado y colocado, y solo espera a que su plan se desarrolle tal y
como él lo ha ideado. Es el director que prepara la puesta en escena del guion.
A la vez, es el actor protagonista. Domina la mentira con una facilidad
pasmosa, y la usa como parte de él para conseguir sus objetivos. Toca los hilos
y coloca los efectos especiales necesarios y voilà. ¡Pam! Consigue que el miedo
le entregue a Elliot y Gretchen en bandeja con sólo dos láseres. Con Badger y
con Skinny Pete, que no dejan de ser nada más que herramientas. Se despide de
su mujer, situándose a un par de metros de ella que en realidad parecen
kilómetros, de su hija, y desde la distancia, de su hijo. Prepara sus cartas y
marcha hacia la batalla, sabiendo que no hay escape, y que no le queda, ni
quiere, otra salida que la de morir en pie o ser capturado.
“Dilo. ¡Di que quieres esto! ¡No
haré nada hasta que te escuche decirlo!” le reclama Jesse a esa figura que ha
sido como un padre para él, pero que en vez de guiarlo se ha aprovechado día
tras día, absorbiéndolo y usándolo como una pieza más de sus juegos;
destrozando su vida en su imparable ascenso, en su obsesión por romper
barreras. Cuando Walter, pretendiéndolo usar una vez más, admite buscar la
muerte, su compañero de andanzas deja la pistola en el suelo y le grita “¡Pues
hazlo tú mismo!”. Con estas pocas palabras, Jesse consigue por fin cortar sus
ataduras con Heisenberg. El jefe se muere (aunque es curioso y, a la par,
comprensible, que lo haga por intentar salvar a su joven ayudante), y él al fin
ha conseguido desobedecer. Si, movido por la furia, hubiera presionado el
gatillo, “el diablo” (5x11, Perro
Rabioso) habría ganado de nuevo y se habría salido con la suya. Al cien por
cien. En lugar de eso se marcha, huye
del mundo en el que se ha visto obligado a vivir y vive, tal y como se merecía
su personaje tras tanto dolor y sufrimiento.
Y cuando todo por fin acaba, el
cocinero se acerca al verdadero amor de su vida: el laboratorio. Mira, con una
ternura casi paternal, a las máquinas que le permitían antaño hacer su magia;
sujeta su máscara y la mira con tanto cariño que casi parece desear ponerse a
cocinar mientras espera la llegada de la policía. Es lo único que queda del
imperio que tanto empeño y que con tanto cuidado construyó. Los nazis están
muertos, Todd está muerto (en una maravillosa y necesaria dosis de venganza por
parte de Jesse) y Lydia era la receptora del ricino. La meta azul es su marca,
su hija, su legado. Y morirá con él, porque así lo quiere. Es una muestra más
de su orgullo.
Cuando, una vez más y como tantas
veces, vemos las palabras “Executive Producer: Vince Gilligan” aparecer en la
pantalla, nos damos cuenta de que es el final. El final de algo maravilloso, a
lo que apenas se le puede sacar fallos en el transcurso de 62 espectaculares episodios.
Es algo tan transformador como la propia metamorfosis que relata la serie. Desde
el profesor de química sometido hasta el criminal liberado. Hemos estado allí,
observando un proceso perfectamente explicado y comprensible, pero también apasionador
y fantástico. Ahora, en el suelo, en una escena tan parecida a la de su
enloquecimiento en el sótano (4x11, Espacio
del Arrastre), pero con un tono totalmente diferente, acaba la vida de
Heisenberg; la de Walter H. White acabó hace mucho tiempo.
“Sólo llévame a casa; Yo me
encargaré del resto”




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