Yo soy alguien que muchas veces
ha admitido, gritado y defendido (causando muchos cabreos entre mis conocidos y
amigos) que la búsqueda de algo diferente, que intente escapar de lo que mucha
gente llama “mainstream” o convencional no es motivo suficiente de admiración.
Es decir, que lo diferente o raro no es siempre bueno. Muchos me han dicho “Anda,
vete a ver A Todo Gas y deja en paz a
los que disfrutamos del verdadero cine”. Sin embargo, yo sigo teniendo la
entereza para afirmar que Indiana Jones y
el Reino de la Calavera de Cristal es mejor (para mí) que Carretera Perdida, por poner un ejemplo.
Por eso, no sabía qué pensar o qué imagen configurar antes de ir al cine a ver La vida
de Ádele (Blue is the Warmest Color,
La vie d’ Adéle, 2013). Es cierto que la premisa no es algo increíblemente
innovador, pero me llamó la atención por ser, quizás, algo diferente.
Para empezar, tengo que decir que
fui al cine sin tener más idea de la película que la que vi en el tráiler, y
que no sabía que la historia está basada en un cómic de Julie Maroh, llamado El Azul es un Color Cálido. No tenía
pues, ni idea de las discrepancias, conflictos y tensiones que se han formado
entre la autora original, el director del film (Abdellatif Kechiche) y las
actrices protagonistas (Adéle Exarchopoulos y Lëa Seydoux). Así que pasaré
radicalmente de las mismas para centrarme en lo que vi en la pantalla.
Un amigo mío, muy suyo para el
cine como descubrí ayer durante la
sesión, sostenía que el director hace un uso tan exagerado de los primeros
planos que incluso llega a dar asco. No puedo estar más en desacuerdo. Sin esos
primeros planos, la película no tendría sentido. El director no deja que nos
perdamos nada. Vemos las lágrimas, las miradas, las sonrisas leves e incluso
los mocos fruto de la tristeza. Sin entrar en su mente, sabemos todo lo que
ronda la cabeza de Ádele gracias a las expresiones de su rostro. Y lo mismo con
el misterioso personaje de Emma. Es una película de carácter intimista, que se
basa en la fuerza de las relaciones de los personajes. Y eso es uno de los
puntos que Kechiche ha sabido captar con maestría. La clave está en presentar
el mundo de Adéle (de ahí las imágenes de rutina: la noche, las comidas, el
instituto…) y después reformarlo con la llegada de Emma, y para eso hay que
captar todos los detalles.
De igual manera, construye la
relación de una forma increíble. Tanto psicológica como físicamente. Ese es
otro de los factores conflictivos de la película. ¿Demasiadas escenas de sexo?
¿Demasiado explícito? Yo creo que
no. Mientras que en otras obras las
escenas sobran o no tienen importancia para la historia, aquí sirven para poder
afirmar constantemente la fuerza de la relación amorosa, lo que te hace
depender de ella y preocuparse por su estado. Vamos, el objetivo que tiene el
film.
Otro punto muy favorable es la
puesta en escena. En este aspecto no se puede sacar fallo alguno. Está
mimadamente cuidada. El uso de los colores (evidentemente, el azul por encima de todo) es extremadamente
correcto, y el film está repleto de detalles. Por ejemplo, la escena de la fiesta de Adéle y Emma, en la
que los personajes de una película clásica, que se está emitiendo en una pantalla de
fondo, transmiten los sentimientos de las protagonistas, que no dejan de mirarse
es, simplemente, magnífica.
CALIFICACIÓN: 8/10


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