Durante toda la tercera temporada, nos hemos  quedado con una idea clara: las cosas están cambiando. Moriarty ha muerto; Sherlock ha perdido a su gran némesis. ¿Quién puede poner ahora un reto mental a la altura del gran Sherlock Holmes? Quizás en esta última ronda de tres capítulos lo que más destaca es la ausencia de unos casos claros a resolver: Es mucho más importante la relación entre los personajes y la profundización en los mismos. Quizás por eso, durante los dos primeros episodios (Con un magistral, cuidado y esperarísimo retorno con The Empty Hearse y con un insípido para muchos The Sing of Three que se centraba en la boda del doctor John Watson) todo giraba en torno a las relaciones en los distintos caracteres. Eso forzaba, de manera casi ineludible, que se produjera un proceso de humanización de nuestro querido Sherlock.

Incluso en este capítulo en cuestión, llegamos al punto de sorprendernos con la aparición  de una “novia” para el protagonista. “¿Qué es esto?”, me he preguntado no menos de una docena de veces durante el desarrollo de todo el capítulo. Moriarty muerto, Sherlock extremadamente humanizado, Watson apartado con el tema de su amor por Mary… todo era distinto, todo parecía cambiado… demasiado. Esa es precisamente la magia de Moffat con esta grandísima serie inglesa. Ya sea durante la extensión de un capítulo o la de una temporada entera, el showrunner es capaz de plantar las bases necesarias para que la sorpresa sea, por un lado, garantizada y, por otro y mucho  más importante a mi entender, coherente.

Y es aquí cuando comienzan las explicaciones. Evidentemente, el capítulo de The Sing of Three era necesario; no se puede conseguir el impacto de las revelaciones que se realizan en este episodio  alrededor del personaje de Mary si antes no se ha construido un entorno adecuado. Por su lado, el Sherlock humanizado no era más que una fachada. Como siempre, el único contacto con la “realidad humana” que puede llegar a mantener es, simplemente, su fuerte vínculo con el doctor Watson. Mentiría si no dijera que me quedé con una impresionante cara de bobo, con la boca abierta de par en par, para, acto seguido, ponerme a aplaudir, cuando se descubre el verdadero motivo de la relación “amorosa” de Sherlock. Para él, todos son intermediarios, todos son objetos.



Y así, con uno ligeros “toques de presión”, Moffat tiene al espectador agarrado de nuevo a la butaca, asombrado de que lo que ha creído durante todo el tiempo de emisión de esta nueva temporada es una deducción errónea: que una vez más nos hemos dejado llevar por la historia sin fijarnos en los detalles y que no hemos estado a la altura para captar lo oculto. En apenas segundos es capaz de hacer cambiar la opinión de todos los espectadores: de una temporada que, en un principio, lucía más bien floja, al conjunto de capítulos mejor hilado y tratado, sin duda, de toda la serie al completo. Pero, aun así, aun consiguiendo este cambio radical tan magistral, había algo que fallaba, que no lograba encajar del todo en el puzzle que constituye la serie de la BBC. Charles Augustus Magnussen. Sherlock necesita un villano a la altura, y sabemos que nadie encaja tan bien en ese espacio como James Moriarty.


Teníamos un antagonista que apenas había sido mencionado en el primer capítulo, que casi no había aparecido en el segundo y que había sido tratado, en cierto modo, apresuradamente en el tercero. Era curiosa a idea del chantaje, y la sorpresa del palacio mental de Appledore, pero más allá de eso, no era destacable, como queda demostrado con su rápido final. El episodio está a punto de terminar, y lo único que falta, lo único de lo que se puede llegar a sacar una pega es precisamente que prácticamente no hemos podido sentir esa tensión, esa gran figura de un peligro constante que nos lleva a cuestionarnos todo en lugar de un némesis más bien discreto. Y los créditos del final empiezan a aparecer. El final, aunque correcto, deja algo seco. Sherlock se marcha, Watson y Mary se quedan en Inglaterra. Magnussen, el único que puede ser considerado un peligro, está muerto. Y se acabó. Cuando estamos a punto de apagar la pantalla, la televisión salta en interferencias; los créditos se interrumpen. Y ahí está, haciéndonos cuestionarnos todo lo que dábamos por sentados. En todas las pantallas del país, aparece una solo imagen: Moriarty, sonriente, parece burlarse del espectador. Repitiéndose sin cesar en todos los altavoces de Inglaterra, quedan fijas unas chillonas palabras: Do you miss me?




Todo el que me conozca minimamente sabe que adoro la trilogía de películas de “El Señor de los Anillos” de Peter Jackson. Las he visto cientos de veces cada una. También me leí el libro de “El Hobbit”, y fui de las pocas personas que defendió que, desde luego, una película era demasiado poco espacio para cubrir la totalidad de la historia a pesar de que tiene poco más de 300 páginas. Y cuando vi estrenada “Un Viaje Inesperado”, fui al cine con la sensación de empezar un nuevo ciclo, con ganas de fiarme del director australiano de cara a las tres nuevas adaptaciones. Fui de los que creyó que, con la primera parte, se cerraron, por así decirlo, muchas bocas. Pese  que muchos la criticaron por ser lenta y aburrida, era lo que se podía esperar de una más que correcta adaptación del libro. Estaba plagada de escenas de acción muy bien elaboradas (como la impecable lucha en los túneles de los trasgos) y de profundización en los personajes (la conversación entre Bilbo y Gollum es magistral). Había que entender que lo que Jackson quería, más allá de adaptar un libro, era elaborar una precuela a la trilogía original (le pese a quien le pese, el libro del Hobbit no lo es; es un historia a parte que conecta con El Señor de los Anillos sólo por la existencia del anillo y de Bilbo como protagonista). Por eso, todos los cambios que se introdujeron eran muy justificados y acertados.

Ahora, con “La Desolación de Smaug”, esperaba un peliculón en toda regla. Cuando salí del cine, mis compañeros del visionado no dudaron en calificarla de mala, y entiendo perfectamente que piensen así. Yo me limito a señalar que  esperaba que superara olgadamente a su predecesora, simplemente porque iba a abarcar las partes de la historia original a mi entender más interesantes: la estancia en la casa de Beorn, la travesía por el Bosque, la huida de la casa de los elfos oscuros, la estancia en la Ciudad del Lago y, por supuesto, la conversación entre Bilbo y el temible dragón Smaug. Y, en cierta manera, las partes que destaco son excelentes: el hogar del cambipieles es un entorno idílico e inmejorablemente tratado; las escenas dentro del bosque, con la continua sensación de pérdida, de miedo y de desubicación son una muestra perfecta del talento de Jackson; la pelea con las arañas, pese a no ser tan extensa como me esperaba, es bastante más que correcta; los elfos oscuros y su incansable intento de aislarse del mundo son perfectamente reflejados; y la incursión del hobbit en Érebor y su encuentro con la bestia es magnífico. Hasta ese momento, parecemos estar asistiendo a una cinta con un cuidado ritmo narrativo, con un detalle en el aspecto visual impecable y con cambios muy acertados respecto al libro. Además, las partes en las que Gandalf se aleja de la compañía de enanos para indagar acerca del nacimiento del “Nigromante” son perfectas y mimadas, y nos sirven de enlace continuo con la trilogía que comenzó con “La Comunidad del Anillo” (no puedo pasar sin destacar la escena en la que el mago descubre finalmente quien se encuentra tras ese sobrenombre, la mejor sin duda de todo el metraje).


Pero todo parece cambiar con respecto al tramo final. La introducción de Légolas, cuando no está presente en el libro, me resulta acertada hasta cierto punto (adorable la escena en la que el elfo “insulta” a Gimli sin ni siquiera conecerle todavía), pero la presencia de Tauriel, ese personaje inventado, es quizás uno de los fallos más presentes: no actúa todo lo bien que cabría esperar, y sus apariciones se limitan a una recreación de escenas de la primera  película de Peter Jackson en el mundo Tolkien (cuando Tauriel cura a Killi se calca prácticamente el momento en el que Arwen cura a Frodo en “La Comunidad del Anillo”). Y la lucha que los enanos entablan con Smaug en el interior de la montaña, si bien muy necesaria a pesar de no existir en el libro, se alarga demasiado y se soluciona de una manera ridícula (con “fantásticas” escenas como la de Thorin haciendo “Gold Boarding” encima de una carretilla, por no hablar de que es tremendamente chocante que el dragón decida ignorar a los enanos, a pesar de tenerlos delante, para ir a atacar la ciudad). Además, el director intercala con la trama de la Montaña Solitaria lo que ocurre en la Ciudad de Lago, que, a  mi juicio es muy poco interesante.

De cara a la próxima cinta todavía creo que esta nueva trilogía-precuela se puede salvar. De hecho, insisto en que a mí “La Desolación de Smaug” no me parece para nada una mala película; solo que cabía esperar una mejor solución de muchos de los aspectos. La lástima es que te llegas a dar cuenta de que, quizás, dos cintas hubieran sido la medida perfecta, y que se está intentando estirar la historia de manera prácticamente imposible. Para mí, ahora me es imposible construirme unas nuevas expectativas de cara a la batalla de los Cinco Ejércitos. Desde luego, es un film recomendable (no mejor pero si a la altura del resto de adaptaciones del Universo Tolkien); lo que hace que no me sienta a gusto con el resultado es que, simplemente, salí del cine decepcionado. 

Yo soy alguien que muchas veces ha admitido, gritado y defendido (causando muchos cabreos entre mis conocidos y amigos) que la búsqueda de algo diferente, que intente escapar de lo que mucha gente llama “mainstream” o convencional no es motivo suficiente de admiración. Es decir, que lo diferente o raro no es siempre bueno. Muchos me han dicho “Anda, vete a ver A Todo Gas y deja en paz a los que disfrutamos del verdadero cine”. Sin embargo, yo sigo teniendo la entereza para afirmar que Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal es mejor (para mí) que Carretera Perdida, por poner un ejemplo. Por eso, no sabía qué pensar o qué imagen configurar antes de ir al cine a ver  La vida de Ádele (Blue is the Warmest Color, La vie d’ Adéle, 2013). Es cierto que la premisa no es algo increíblemente innovador, pero me llamó la atención por ser, quizás, algo diferente.

Para empezar, tengo que decir que fui al cine sin tener más idea de la película que la que vi en el tráiler, y que no sabía que la historia está basada en un cómic de Julie Maroh, llamado El Azul es un Color Cálido. No tenía pues, ni idea de las discrepancias, conflictos y tensiones que se han formado entre la autora original, el director del film (Abdellatif Kechiche) y las actrices protagonistas (Adéle Exarchopoulos y Lëa Seydoux). Así que pasaré radicalmente de las mismas para centrarme en lo que vi en la pantalla.

Un amigo mío, muy suyo para el cine como descubrí  ayer durante la sesión, sostenía que el director hace un uso tan exagerado de los primeros planos que incluso llega a dar asco. No puedo estar más en desacuerdo. Sin esos primeros planos, la película no tendría sentido. El director no deja que nos perdamos nada. Vemos las lágrimas, las miradas, las sonrisas leves e incluso los mocos fruto de la tristeza. Sin entrar en su mente, sabemos todo lo que ronda la cabeza de Ádele gracias a las expresiones de su rostro. Y lo mismo con el misterioso personaje de Emma. Es una película de carácter intimista, que se basa en la fuerza de las relaciones de los personajes. Y eso es uno de los puntos que Kechiche ha sabido captar con maestría. La clave está en presentar el mundo de Adéle (de ahí las imágenes de rutina: la noche, las comidas, el instituto…) y después reformarlo con la llegada de Emma, y para eso hay que captar todos los detalles.

De igual manera, construye la relación de una forma increíble. Tanto psicológica como físicamente. Ese es otro de los factores conflictivos de la película. ¿Demasiadas escenas de sexo? ¿Demasiado explícito?  Yo creo que no.  Mientras que en otras obras las escenas sobran o no tienen importancia para la historia, aquí sirven para poder afirmar constantemente la fuerza de la relación amorosa, lo que te hace depender de ella y preocuparse por su estado. Vamos, el objetivo que tiene el film.


Otro punto muy favorable es la puesta en escena. En este aspecto no se puede sacar fallo alguno. Está mimadamente cuidada. El uso de los colores (evidentemente, el azul  por encima de todo) es extremadamente correcto, y el film está repleto de detalles. Por ejemplo,  la escena de la fiesta de Adéle y Emma, en la que los personajes de una película  clásica, que se está emitiendo en una pantalla de fondo, transmiten los sentimientos de las protagonistas, que no dejan de mirarse es, simplemente, magnífica.

A niveles generales; es una de esas películas que te dejan, por decirlo de alguna manera, reflexionando. Decir que la dirección es correcta es quedarse corto; las actrices hacen a mi entender todo un papelón, y la puesta en escena es la más adecuada para la historia. Sólo he podido sacar dos fallos: El primero, que la última hora de la película se alarga quizás demasiado (no es nada exagerado). El segundo, que la pantalla fundiera a negro y pusiera “Fin de los Capítulos 1 & 2”. Sin más, y sin avisar. La historia queda sin terminar, y en ningún lugar se había advertido de que se trataba de un primer acercamiento. Además, la segunda parte está totalmente en el aire (las actrices echan pestes del director, y la autora parece no estar contenta con el resultado de la adaptación). Lo único que puedo terminar diciendo es que, después de verla, me estoy planteando seriamente adquirir la novela gráfica original. Y eso dice mucho a favor de la película. 

CALIFICACIÓN: 8/10

Advertencia: Contiene Spolers de "Breaking Bad"

“Guess I got what I deserved, 
Kept you waiting there too long, my love, 
All that time without a word
Didn’t know you’d think that I’d forget 
o I’d regret the special love I had for you, my baby blue”



Los acordes empiezan a sonar y el corazón se nos para. Walter White, o mejor dicho, Heisenberg, reposa en el suelo de su amado laboratorio, con su camisa manchada de sangre. Y se acabó. Fin de la historia. Era el final que cabía esperar. No podía ser de otra manera. El hombre, el gran cocinero, no podía permanecer en este mundo, porque no merecía vivir, pero tampoco abandonarlo sin llevarse su pequeño trocito de victoria personal. “Lo hice por mí” le confiesa lo poco que queda del padre, del químico, del capo, a Skyler, a modo de despedida. “Me gustó. Era bueno en ello. Me sentía… vivo”.  Todos sabemos que Walter es el perfecto ejemplo de la corrupción personal, el paradigma de lo que pasa cuando bailas con el mal con la esperanza de salir ileso. Pero sin duda alguna, Walter es rebeldía. Es libertad. Y por eso nos encantaba. Todos hemos soñado romper con las cadenas que nos atan a nuestra vida; pasar deslizándose sobre todo. Romper la barrera de la moral, de la sociedad y sus condiciones. Eso era Heisenberg en su plenitud. Por lo menos para mí.

El maestro, cuando ve que todo se derrumba, solo le queda permanecer de pie y aceptar, por una vez, las consecuencias. No hizo todo esto por la familia. No desde hace mucho tiempo. El último recurso que le queda es afrontar la realidad y tratar de ajustar cuentas de la mejor manera posible. Y lo hace a su manera; a la manera del genio. Lo deja todo atado y colocado, y solo espera a que su plan se desarrolle tal y como él lo ha ideado. Es el director que prepara la puesta en escena del guion. A la vez, es el actor protagonista. Domina la mentira con una facilidad pasmosa, y la usa como parte de él para conseguir sus objetivos. Toca los hilos y coloca los efectos especiales necesarios y voilà. ¡Pam! Consigue que el miedo le entregue a Elliot y Gretchen en bandeja con sólo dos láseres. Con Badger y con Skinny Pete, que no dejan de ser nada más que herramientas. Se despide de su mujer, situándose a un par de metros de ella que en realidad parecen kilómetros, de su hija, y desde la distancia, de su hijo. Prepara sus cartas y marcha hacia la batalla, sabiendo que no hay escape, y que no le queda, ni quiere, otra salida que la de morir en pie o ser capturado.



“Dilo. ¡Di que quieres esto! ¡No haré nada hasta que te escuche decirlo!” le reclama Jesse a esa figura que ha sido como un padre para él, pero que en vez de guiarlo se ha aprovechado día tras día, absorbiéndolo y usándolo como una pieza más de sus juegos; destrozando su vida en su imparable ascenso, en su obsesión por romper barreras. Cuando Walter, pretendiéndolo usar una vez más, admite buscar la muerte, su compañero de andanzas deja la pistola en el suelo y le grita “¡Pues hazlo tú mismo!”. Con estas pocas palabras, Jesse consigue por fin cortar sus ataduras con Heisenberg. El jefe se muere (aunque es curioso y, a la par, comprensible, que lo haga por intentar salvar a su joven ayudante), y él al fin ha conseguido desobedecer. Si, movido por la furia, hubiera presionado el gatillo, “el diablo” (5x11, Perro Rabioso) habría ganado de nuevo y se habría salido con la suya. Al cien por cien.  En lugar de eso se marcha, huye del mundo en el que se ha visto obligado a vivir y vive, tal y como se merecía su personaje tras tanto dolor y sufrimiento.

Y cuando todo por fin acaba, el cocinero se acerca al verdadero amor de su vida: el laboratorio. Mira, con una ternura casi paternal, a las máquinas que le permitían antaño hacer su magia; sujeta su máscara y la mira con tanto cariño que casi parece desear ponerse a cocinar mientras espera la llegada de la policía. Es lo único que queda del imperio que tanto empeño y que con tanto cuidado construyó. Los nazis están muertos, Todd está muerto (en una maravillosa y necesaria dosis de venganza por parte de Jesse) y Lydia era la receptora del ricino. La meta azul es su marca, su hija, su legado. Y morirá con él, porque así lo quiere. Es una muestra más de su orgullo.



Cuando, una vez más y como tantas veces, vemos las palabras “Executive Producer: Vince Gilligan” aparecer en la pantalla, nos damos cuenta de que es el final. El final de algo maravilloso, a lo que apenas se le puede sacar fallos en el transcurso de 62 espectaculares episodios. Es algo tan transformador como la propia metamorfosis que relata la serie. Desde el profesor de química sometido hasta el criminal liberado. Hemos estado allí, observando un proceso perfectamente explicado y comprensible, pero también apasionador y fantástico. Ahora, en el suelo, en una escena tan parecida a la de su enloquecimiento en el sótano (4x11, Espacio del Arrastre), pero con un tono totalmente diferente, acaba la vida de Heisenberg; la de Walter H. White acabó hace mucho tiempo.




“Sólo llévame a casa; Yo me encargaré del resto”

El sol golpea fuerte desde las alturas de un cielo puramente azulado. Las aguas marrones del río corren sin parar desde el principio al fin de la película. La tierra, las hojas, el barro… Todo nos transmite, casi como si nos introdujéramos en la misma película gracias a extrañas artes de brujería, el ambiente propio de Arkansas, del Estados Unidos sureño que tantas veces se ha recreado en el cine. Ese es el principal punto fuerte de Mud; su cuidada fotografía consigue crear un estupendo ambiente en el que desarrollar una historia. Apenas necesita recurrir a la música (escasa y basada en suaves canciones de guitarra) para construir su escenario. En ocasiones, el lenguaje audiovisual puede conseguir que amemos, sin llegar a pisarlos, lugares y tierras nuevas para nosotros. Ya lo consiguen con sus magistrales planos el bueno de Vince Gilligan, que logra que sintamos especial pasión por los extensos desiertos de Nuevo México, o  David Benioff y Daniel B. Weiss con su espectacular retrato de la Fortaleza Roja. Jeff Nichols sigue el mismo camino; el problema es que, en un determinado momento, se detiene.

Sí, no deja de ser interesante el supuesto que plantea la película; un extraño fugitivo aparece en una isla prácticamente desierta, y se lucra de la ayuda de un par de niños para reconstruir un bote y tratar de escapar con la persona a la que ama. Tiene fuerza, y el director consigue, además, añadir un poderoso ámbito visual que te hace vivir la historia. Sin embargo, el tratamiento del relato parece empequeñecerse. El argumento avanza de manera exageradamente lenta.  “Si, claro, es para que progrese el carácter de los personajes”. Lo sé, la historia se basa precisamente en eso: El protagonista, Ellis (Tye Sheridan), va a sufrir una evolución sentimental gracias a Mud (Matthew McConaughey) que lleva un precioso tiempo retratar. El motor principal de la historia es el tema del amor y cómo esa energía afecta al elenco de personajes. Pero al centrarse en tratar de “contar” y “explicar”, la narración deja de “sentir”. La potencia que consigue al inicio decae a lo largo de la en exceso larga película, y no se recupera prácticamente hasta el final, casi de la misma manera que ocurre con el anterior proyecto del director, “Take Shelter” (2011) que parece querer explicar muy racionalmente lo que en principio surge de la locura de su protagonista. 


Ahora bien; pese a que me oponga radicalmente a la postura pausada de tratar el argumento, no puedo dejar de recomendar la cinta. No nos encontramos ante una joya del cine, por lo menos no como yo las veo, pero es, sin duda, una película muy interesante. McConaughey es capaz de captar la esencia de un personaje que, pese a recorrer un esquema muy habitual y recurrido, es algo diferente. Mud es altanero, quizás hasta chulesco en ciertos momentos: representa al típico “rebelde”. Aun así, muchas de las acciones que realiza a lo largo de la trama chocan de manera directa con su rol, ofreciendo una riqueza que el actor ha sido muy capaz de potenciar. Se complementa de manera perfecta con los dos niños (Ellis interpretado por Sheridan y Neckbone por Jacob Lofland), que se alejan muy gratamente de la inmensa mayoría de actuaciones infantiles del cine actual, que hasta rayan en lo ridículo.


                                     



En definitiva, es una pena que el para mi gusto demasiado lento y pausado ritmo de la película pueda alejar al espectador de su visionado. Es evidente que no nos encontramos ante un blockbuster, ni siquiera ante una aventura de acción. Quiere socavar y observar los sentimientos de sus personajes, pero no consigue dar con la clave para construir un relato ágil que vaya a la altura de las excelentes interpretaciones de los actores participantes y del espectacular ambiente visual. Pudiendo destacar gracias a su atractiva historia (como he dicho, “habitual pero, en cierta manera, diferente”) su principal fallo es precisamente que no destaca, que se queda en una interesante trama de amor desde una visión distinta, pero mal relatada. “Mud” es bonita, es interesante. Pero no es lo que promete. 

CALIFICACIÓN: 6/10


Por motivos personales, estos días he estado haciendo un recorrido por mis más favoritas sagas de películas, series de televisión, libros y demás. Trabajando en ello, he topado con la que he denominado millones de veces como mi saga favorita: Indiana Jones. Nadie duda de la grandeza de los tres primeros films. Y también, a su vez, todo el mundo afirma sin ningún pudor que la última entrega es la basura más inmunda del universo de Steven Spilberg. Yo voy a la contra, como siempre. A mi me gustó “Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal”. Y todavía no he podido encontrar a nadie que me de razones convincentes para que me deje de gustar. Quizás me ciegue mi adoración por la figura del mítico arqueólogo, pero a mí mola.

Muchos me vienen con el cuento de que nada más empezar, la película peca de inverosimilitud. Me refiero, como no, a la escena de la nevera salvadora de la explosión nuclear. Si ese fragmento es motivo suficiente para condenar al asolado mundo de la decepción a la película entera, tengo que insistir en que las demás partes de la saga deberían acompañarla justo por el mismo motivo. No nos podemos olvidar de que, en “Raiders the Lost Ark”, se abre una caja que te derrite la cara sólo por abrir los ojos. No nos podemos olvidar de que, en “The Temple of Doom” Indy, junto con Tapón y Willie, sobreviven a una caída desde un avión sin piloto gracias una barca hinchable. No nos podemos olvidar de que Sean Connery consigue que se estrelle una avioneta a base de asustar a unos pájaros con un paraguas en “The Last Crusade”. La nevera es, simplemente, una escena más, que busca la espectacularidad y la admiración del público. Quizás no lo consiga ejerciendo el mismo nivel que sus predecesoras, pero aún así no es extraño ni se sale de la estructura de la saga. Seamos serios, la falta de credibilidad no puede ser criticada aquí. O por lo menos, sólo aquí.

Por otra parte, la película deja momentos que son absolutamente épicos, lo que consigue, en mi humilde opinión de espectador, que se salven algunas escenas que pueden parecer verdaderamente horripilantes (el momento Tarzán de Shia o la muerte de Irina Spalko, por ejemplo). Así, el momento en el que el señor Indiana recoge el sombrero del suelo y se lo pone por primera vez tras 19 años de espera hace que me corra de gusto (basto pero sincero, queridos). O, por ejemplo, la huida a través del almacén con el simpático guiño al Arca de la Alianza. Además, el regreso de caras conocidas, como la de la inigualable Marion (La mejor chica Jones hasta el momento) consigue que arrancarte un par de sonrisas recordando los momentazos de la primera entrega.

Una de las grandes quejas del público es el tema OVNIS. Dicen que no pega ni con cola. Una vez más, tengo que discernir. Si ya había explorado los misterios del cristianismo, recuperando el recipiente de las tablas de la ley y la copa del Santo Gríal, y también había tenido sus aventuras con la magia hindú (las piedras de Kalima)... ¿por qué no extraterrestres? Una de las más repasadas y analizadas “teorías mágicas” de la arqueología es la del contacto alienígena en culturas como la egipcia o la andina. Entre ellas encontramos, como no podía ser de otro modo, el curioso caso de las calaveras de cristal. Es uno de los misterios arqueológicos más recalcados. ¿Por que no iba a intentar Henry Jones Jr desentrañarlo? Además juega, como siempre, con el poder que esconden los descubrimientos que trata de conseguir. La única diferencia es que, esta vez, tenemos a la contra a los rusos y no a los nazis. Y eso da juego y frescor a la trama.

Por todo esta sarta de razones aportadas, considero que Indiana Jones 4 mola. Sin duda, no está al nivel de las anteriores, pero la disfruté como un enano. Evidentemente, como cualquier película, tiene sus fallos (Shia Labeouf como fallo personificado, o la dichosa boda. Indy no se casa. Indy es un machote, joder) pero eso no impide que la considere una digna sucesora. Así que, por favor, dejad de verter mierda.

P.D.: Estoy a favor de una quinta siempre que se le retire totalmente protagonismo al hijo pródigo del doctor Jones.

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