Todo el que me conozca minimamente sabe que adoro la trilogía de películas de “El Señor de los Anillos” de Peter Jackson. Las he visto cientos de veces cada una. También me leí el libro de “El Hobbit”, y fui de las pocas personas que defendió que, desde luego, una película era demasiado poco espacio para cubrir la totalidad de la historia a pesar de que tiene poco más de 300 páginas. Y cuando vi estrenada “Un Viaje Inesperado”, fui al cine con la sensación de empezar un nuevo ciclo, con ganas de fiarme del director australiano de cara a las tres nuevas adaptaciones. Fui de los que creyó que, con la primera parte, se cerraron, por así decirlo, muchas bocas. Pese  que muchos la criticaron por ser lenta y aburrida, era lo que se podía esperar de una más que correcta adaptación del libro. Estaba plagada de escenas de acción muy bien elaboradas (como la impecable lucha en los túneles de los trasgos) y de profundización en los personajes (la conversación entre Bilbo y Gollum es magistral). Había que entender que lo que Jackson quería, más allá de adaptar un libro, era elaborar una precuela a la trilogía original (le pese a quien le pese, el libro del Hobbit no lo es; es un historia a parte que conecta con El Señor de los Anillos sólo por la existencia del anillo y de Bilbo como protagonista). Por eso, todos los cambios que se introdujeron eran muy justificados y acertados.

Ahora, con “La Desolación de Smaug”, esperaba un peliculón en toda regla. Cuando salí del cine, mis compañeros del visionado no dudaron en calificarla de mala, y entiendo perfectamente que piensen así. Yo me limito a señalar que  esperaba que superara olgadamente a su predecesora, simplemente porque iba a abarcar las partes de la historia original a mi entender más interesantes: la estancia en la casa de Beorn, la travesía por el Bosque, la huida de la casa de los elfos oscuros, la estancia en la Ciudad del Lago y, por supuesto, la conversación entre Bilbo y el temible dragón Smaug. Y, en cierta manera, las partes que destaco son excelentes: el hogar del cambipieles es un entorno idílico e inmejorablemente tratado; las escenas dentro del bosque, con la continua sensación de pérdida, de miedo y de desubicación son una muestra perfecta del talento de Jackson; la pelea con las arañas, pese a no ser tan extensa como me esperaba, es bastante más que correcta; los elfos oscuros y su incansable intento de aislarse del mundo son perfectamente reflejados; y la incursión del hobbit en Érebor y su encuentro con la bestia es magnífico. Hasta ese momento, parecemos estar asistiendo a una cinta con un cuidado ritmo narrativo, con un detalle en el aspecto visual impecable y con cambios muy acertados respecto al libro. Además, las partes en las que Gandalf se aleja de la compañía de enanos para indagar acerca del nacimiento del “Nigromante” son perfectas y mimadas, y nos sirven de enlace continuo con la trilogía que comenzó con “La Comunidad del Anillo” (no puedo pasar sin destacar la escena en la que el mago descubre finalmente quien se encuentra tras ese sobrenombre, la mejor sin duda de todo el metraje).


Pero todo parece cambiar con respecto al tramo final. La introducción de Légolas, cuando no está presente en el libro, me resulta acertada hasta cierto punto (adorable la escena en la que el elfo “insulta” a Gimli sin ni siquiera conecerle todavía), pero la presencia de Tauriel, ese personaje inventado, es quizás uno de los fallos más presentes: no actúa todo lo bien que cabría esperar, y sus apariciones se limitan a una recreación de escenas de la primera  película de Peter Jackson en el mundo Tolkien (cuando Tauriel cura a Killi se calca prácticamente el momento en el que Arwen cura a Frodo en “La Comunidad del Anillo”). Y la lucha que los enanos entablan con Smaug en el interior de la montaña, si bien muy necesaria a pesar de no existir en el libro, se alarga demasiado y se soluciona de una manera ridícula (con “fantásticas” escenas como la de Thorin haciendo “Gold Boarding” encima de una carretilla, por no hablar de que es tremendamente chocante que el dragón decida ignorar a los enanos, a pesar de tenerlos delante, para ir a atacar la ciudad). Además, el director intercala con la trama de la Montaña Solitaria lo que ocurre en la Ciudad de Lago, que, a  mi juicio es muy poco interesante.

De cara a la próxima cinta todavía creo que esta nueva trilogía-precuela se puede salvar. De hecho, insisto en que a mí “La Desolación de Smaug” no me parece para nada una mala película; solo que cabía esperar una mejor solución de muchos de los aspectos. La lástima es que te llegas a dar cuenta de que, quizás, dos cintas hubieran sido la medida perfecta, y que se está intentando estirar la historia de manera prácticamente imposible. Para mí, ahora me es imposible construirme unas nuevas expectativas de cara a la batalla de los Cinco Ejércitos. Desde luego, es un film recomendable (no mejor pero si a la altura del resto de adaptaciones del Universo Tolkien); lo que hace que no me sienta a gusto con el resultado es que, simplemente, salí del cine decepcionado. 

No sé cómo abordar este tema. No sé cómo voy a hablar de ello. Lo que sé es que me he llevado el mayor golpe con la realidad de toda mi vida. Vivimos en una época en que la palabra crisis suena cada día en los telediarios y en la que nuestros derechos sociales se ven apaleados todos los días por un gobierno traidor y, a todas luces, ilegítimo. Todo eso es algo que se veía venir. Es lógico, comprensible. Es algo que molesta y causa numerosos problemas, pero no duele. Lo que hoy vengo a escribir aquí me duele en el alma. Hace un par de días, amanecimos con la desagradable sorpresa de que nuestra querida Ruta Quetzal BBVA acaba de cambiar su nombre a Ruta BBVA. Puede parecer una tontería, y seguro que muchos de los que lleguéis a leer este mensaje no podáis comprenderlo en su totalidad. Pero para un rutero, este pequeño retoque lo cambia todo.

El quetzal es un símbolo. Bajo sus alas, miles de ruteros han viajado por toda sudámerica en un viaje enriquecedor, tanto cultural como espiritualmente. Es, a todas luces, una de las mayores experiencias que una persona puede llegar a vivir en su vida. Es despertar de un sueño para encontrar otro todavía mejor. El mundo no es lo suficientemente grande para ti, y podrías recorrerlo entero sin toparte con ningún problema si te acompaña la gente adecuada. Descubrí que la selva tenía su propio lenguaje. Que puedo llegar más allá de mis límites si llevo una canción en el corazón. Que las tiendas de campaña son palacios y que el arroz con pollo es un manjar digno de reyes. Que soy feliz compartiendo lo que tengo con los que más quiero. No soy capaz de expresar lo que se siente con mejores palabras. Es libertad. Y todo eso es el quetzal. Apartarlo es una traición a esos valores que aprendías a base de esfuerzo, buenos y malos momentos y, sobre todo, alegrías.

Esto no es más que la demostración práctica de que los bancos y empresas privadas pueden hacer valer sus intereses frente a las ilusiones y los principios. El BBVA ha hablado, e insiste en que la inversión que el banco realiza para patrocinar la Ruta sigue siendo la misma, y que siguen tratando de defender con esto los valores que promueve el programa. Pero no es cierto, y eso lo sabemos todos. Porque no sólo ha concurrido un cambio de nombre (lo que deja claro que solo les importa su imagen propia) sino que las plazas europeas han desaparecido (en una reducción de 55 a 23 países participantes) y, como consecuencia, los becados también se han reducido.  Y ahora, el proceso de selección es totalmente distinto, con un breve proyecto de emprendimiento social como aspecto protagonista. Ya no hay un trabajo al que dedicar tu tiempo, algo de lo que estar orgulloso. No hay lugar para crear tu propia obra, para mimarla, para crecer y madurar mientras la construyes poco a poco. Ya no se puede presentar un trabajo artístico o histórico. El cambio ha llegado como una demoledora para arremeter contra los pilares de algo que todos considerábamos casi perfecto. ¿Dónde queda ahora el intercambio de culturas? ¿Dónde queda ahora la aventura, la expedición y la adrenalina? ¿Dónde queda el conocimiento, la  sabiduría, la curiosidad? ¿Dónde quedan los valores que tantísimo se pregonan a viva voz?

No me malinterpreten: el cambio de nombre ha dolido, pero no ha sido más que la gota que ha colmado el vaso. Yo ya viví mi aventura. Pero no dejo de pensar en todos aquellos que verán destruidas automáticamente sus ilusiones, sus sueños de pertenecer a esta gran comunidad reunida en el símbolo del quetzal. De sentir y comprender las enseñanzas que te otorga esta experiencia. Puede que decir estas palabras me hiera, pero esto ya no es la Ruta Quetzal. Lo que verdaderamente hace daño, es ver que algo que me ha cambiado y definido tanto como persona se derrumba. Lo único que me consuela es que, por muchos cambios que introduzca BBVA, y por muchos comunicados oficiales de la administración que nos quieran hacer tragar, tengo algo completamente asimilado: Siempre seré un quetzal.


Yo soy alguien que muchas veces ha admitido, gritado y defendido (causando muchos cabreos entre mis conocidos y amigos) que la búsqueda de algo diferente, que intente escapar de lo que mucha gente llama “mainstream” o convencional no es motivo suficiente de admiración. Es decir, que lo diferente o raro no es siempre bueno. Muchos me han dicho “Anda, vete a ver A Todo Gas y deja en paz a los que disfrutamos del verdadero cine”. Sin embargo, yo sigo teniendo la entereza para afirmar que Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal es mejor (para mí) que Carretera Perdida, por poner un ejemplo. Por eso, no sabía qué pensar o qué imagen configurar antes de ir al cine a ver  La vida de Ádele (Blue is the Warmest Color, La vie d’ Adéle, 2013). Es cierto que la premisa no es algo increíblemente innovador, pero me llamó la atención por ser, quizás, algo diferente.

Para empezar, tengo que decir que fui al cine sin tener más idea de la película que la que vi en el tráiler, y que no sabía que la historia está basada en un cómic de Julie Maroh, llamado El Azul es un Color Cálido. No tenía pues, ni idea de las discrepancias, conflictos y tensiones que se han formado entre la autora original, el director del film (Abdellatif Kechiche) y las actrices protagonistas (Adéle Exarchopoulos y Lëa Seydoux). Así que pasaré radicalmente de las mismas para centrarme en lo que vi en la pantalla.

Un amigo mío, muy suyo para el cine como descubrí  ayer durante la sesión, sostenía que el director hace un uso tan exagerado de los primeros planos que incluso llega a dar asco. No puedo estar más en desacuerdo. Sin esos primeros planos, la película no tendría sentido. El director no deja que nos perdamos nada. Vemos las lágrimas, las miradas, las sonrisas leves e incluso los mocos fruto de la tristeza. Sin entrar en su mente, sabemos todo lo que ronda la cabeza de Ádele gracias a las expresiones de su rostro. Y lo mismo con el misterioso personaje de Emma. Es una película de carácter intimista, que se basa en la fuerza de las relaciones de los personajes. Y eso es uno de los puntos que Kechiche ha sabido captar con maestría. La clave está en presentar el mundo de Adéle (de ahí las imágenes de rutina: la noche, las comidas, el instituto…) y después reformarlo con la llegada de Emma, y para eso hay que captar todos los detalles.

De igual manera, construye la relación de una forma increíble. Tanto psicológica como físicamente. Ese es otro de los factores conflictivos de la película. ¿Demasiadas escenas de sexo? ¿Demasiado explícito?  Yo creo que no.  Mientras que en otras obras las escenas sobran o no tienen importancia para la historia, aquí sirven para poder afirmar constantemente la fuerza de la relación amorosa, lo que te hace depender de ella y preocuparse por su estado. Vamos, el objetivo que tiene el film.


Otro punto muy favorable es la puesta en escena. En este aspecto no se puede sacar fallo alguno. Está mimadamente cuidada. El uso de los colores (evidentemente, el azul  por encima de todo) es extremadamente correcto, y el film está repleto de detalles. Por ejemplo,  la escena de la fiesta de Adéle y Emma, en la que los personajes de una película  clásica, que se está emitiendo en una pantalla de fondo, transmiten los sentimientos de las protagonistas, que no dejan de mirarse es, simplemente, magnífica.

A niveles generales; es una de esas películas que te dejan, por decirlo de alguna manera, reflexionando. Decir que la dirección es correcta es quedarse corto; las actrices hacen a mi entender todo un papelón, y la puesta en escena es la más adecuada para la historia. Sólo he podido sacar dos fallos: El primero, que la última hora de la película se alarga quizás demasiado (no es nada exagerado). El segundo, que la pantalla fundiera a negro y pusiera “Fin de los Capítulos 1 & 2”. Sin más, y sin avisar. La historia queda sin terminar, y en ningún lugar se había advertido de que se trataba de un primer acercamiento. Además, la segunda parte está totalmente en el aire (las actrices echan pestes del director, y la autora parece no estar contenta con el resultado de la adaptación). Lo único que puedo terminar diciendo es que, después de verla, me estoy planteando seriamente adquirir la novela gráfica original. Y eso dice mucho a favor de la película. 

CALIFICACIÓN: 8/10

Siempre había visto, al pasar por el edificio 15 de nuestra querida Charles the Third, que una sucursal del banco Santander estaba colocada tan campante, debajo de las aulas y justo en frente de un Corte Inglés Viajes. Si, siempre me había parecido mal. ¿Que pinta un banco situado, no cerca del campus, ni siquiera dentro, si no en el mismo corazón de uno de los edificios de una universidad pública? Pero lo había dejado pasar. Oye, ¿que se le va hacer?

Sin embargo, hoy me he enfado, porque ciertamente, manda huevos. Imaginen. Viéndome en la necesidad de pedir un certificado de MIS PROPIAS CALIFICACIONES del curso pasado para poder rellenar una beca (de la que espero conseguir dinero para pagar mis estudios) me encuentro con la brillante sorpresa de que debo pagar 27 euros a modo de tasa para que me envíen el dichoso papelito. Y ¡que sorpresa! debía de abonarlo en un Bankia o... adivinen... sí, en el Santander. Nunca me he sentido tan mal en mi estancia en la universidad. Sentado allí, mientras la tipa de la sucursal cogía un abonaré con el emblema de "la pública diferencia" y me lo sellaba con total naturalidad mientras guardaba mi dinero. 

Y dirán: bah, ¡sólo son 27 euros! Y que queréis que os diga. Ahora son 27. A la hora de hacer por MI MISMO en el soporte en línea mi propia matrícula, pago 7 euros por "gastos de gestión". Y un poco de aquí y un poco de allí... da para reflexionar. Porque vale, te cagas en todo, pagas y ya está. Pero no. Ahora no me dejan pedir, por ejemplo, una beca a la excelencia el año que viene, saque un 8,5 un 10 o un 25, dado que el año pasado me quedé a 0,4 décimas de lo establecido. Y así. 

Y, siendo sincero, yo no soy el que se preocupa en mi casa por la economía. Casi que uno, si no se ocupa de la gestión de una familia, lo ve como ese momento en el que juegas una partida del monopoly, te queda poco dinero y tienes que pasar por una calle reventada de hoteles. Pero a lo bestia. Pero os aseguro que ver llorar a familiares a los que quieres y aprecias desde lo más profundo... no es de agrado. Y con todo esto que viene, con la posibilidad de que un día me sea imposible pagar una matrícula (y lo que queda, porque seremos más gilipollas todavía votando al PP otra vez) me siento con el derecho de enfadarme, cabrearme y cagarme en todo. Y me da igual ya que se me diga lo que sea. Díganme populista, irrespetuoso, imbécil. Pero a mi solo me queda afirmar, y no me arrepiento, que Wert es un hijo de puta y que Rajoy y su gobierno son unos hijos de puta. Que la banca al completo está llena de hijos de puta. Que todos los lameculos que tanto están ensuciando el mundo periodístico son unos hijos de puta. Y que Rubalcaba, yendo ahora de opositor chupiguay que va a arreglarlo todo en cuanto los españoles le den una oportunidad al PSOE, también es un hijo de puta. Y ahora denunciénme si les sale de los mismísimos redondos. Que os jodan. 

Advertencia: Contiene Spolers de "Breaking Bad"

“Guess I got what I deserved, 
Kept you waiting there too long, my love, 
All that time without a word
Didn’t know you’d think that I’d forget 
o I’d regret the special love I had for you, my baby blue”



Los acordes empiezan a sonar y el corazón se nos para. Walter White, o mejor dicho, Heisenberg, reposa en el suelo de su amado laboratorio, con su camisa manchada de sangre. Y se acabó. Fin de la historia. Era el final que cabía esperar. No podía ser de otra manera. El hombre, el gran cocinero, no podía permanecer en este mundo, porque no merecía vivir, pero tampoco abandonarlo sin llevarse su pequeño trocito de victoria personal. “Lo hice por mí” le confiesa lo poco que queda del padre, del químico, del capo, a Skyler, a modo de despedida. “Me gustó. Era bueno en ello. Me sentía… vivo”.  Todos sabemos que Walter es el perfecto ejemplo de la corrupción personal, el paradigma de lo que pasa cuando bailas con el mal con la esperanza de salir ileso. Pero sin duda alguna, Walter es rebeldía. Es libertad. Y por eso nos encantaba. Todos hemos soñado romper con las cadenas que nos atan a nuestra vida; pasar deslizándose sobre todo. Romper la barrera de la moral, de la sociedad y sus condiciones. Eso era Heisenberg en su plenitud. Por lo menos para mí.

El maestro, cuando ve que todo se derrumba, solo le queda permanecer de pie y aceptar, por una vez, las consecuencias. No hizo todo esto por la familia. No desde hace mucho tiempo. El último recurso que le queda es afrontar la realidad y tratar de ajustar cuentas de la mejor manera posible. Y lo hace a su manera; a la manera del genio. Lo deja todo atado y colocado, y solo espera a que su plan se desarrolle tal y como él lo ha ideado. Es el director que prepara la puesta en escena del guion. A la vez, es el actor protagonista. Domina la mentira con una facilidad pasmosa, y la usa como parte de él para conseguir sus objetivos. Toca los hilos y coloca los efectos especiales necesarios y voilà. ¡Pam! Consigue que el miedo le entregue a Elliot y Gretchen en bandeja con sólo dos láseres. Con Badger y con Skinny Pete, que no dejan de ser nada más que herramientas. Se despide de su mujer, situándose a un par de metros de ella que en realidad parecen kilómetros, de su hija, y desde la distancia, de su hijo. Prepara sus cartas y marcha hacia la batalla, sabiendo que no hay escape, y que no le queda, ni quiere, otra salida que la de morir en pie o ser capturado.



“Dilo. ¡Di que quieres esto! ¡No haré nada hasta que te escuche decirlo!” le reclama Jesse a esa figura que ha sido como un padre para él, pero que en vez de guiarlo se ha aprovechado día tras día, absorbiéndolo y usándolo como una pieza más de sus juegos; destrozando su vida en su imparable ascenso, en su obsesión por romper barreras. Cuando Walter, pretendiéndolo usar una vez más, admite buscar la muerte, su compañero de andanzas deja la pistola en el suelo y le grita “¡Pues hazlo tú mismo!”. Con estas pocas palabras, Jesse consigue por fin cortar sus ataduras con Heisenberg. El jefe se muere (aunque es curioso y, a la par, comprensible, que lo haga por intentar salvar a su joven ayudante), y él al fin ha conseguido desobedecer. Si, movido por la furia, hubiera presionado el gatillo, “el diablo” (5x11, Perro Rabioso) habría ganado de nuevo y se habría salido con la suya. Al cien por cien.  En lugar de eso se marcha, huye del mundo en el que se ha visto obligado a vivir y vive, tal y como se merecía su personaje tras tanto dolor y sufrimiento.

Y cuando todo por fin acaba, el cocinero se acerca al verdadero amor de su vida: el laboratorio. Mira, con una ternura casi paternal, a las máquinas que le permitían antaño hacer su magia; sujeta su máscara y la mira con tanto cariño que casi parece desear ponerse a cocinar mientras espera la llegada de la policía. Es lo único que queda del imperio que tanto empeño y que con tanto cuidado construyó. Los nazis están muertos, Todd está muerto (en una maravillosa y necesaria dosis de venganza por parte de Jesse) y Lydia era la receptora del ricino. La meta azul es su marca, su hija, su legado. Y morirá con él, porque así lo quiere. Es una muestra más de su orgullo.



Cuando, una vez más y como tantas veces, vemos las palabras “Executive Producer: Vince Gilligan” aparecer en la pantalla, nos damos cuenta de que es el final. El final de algo maravilloso, a lo que apenas se le puede sacar fallos en el transcurso de 62 espectaculares episodios. Es algo tan transformador como la propia metamorfosis que relata la serie. Desde el profesor de química sometido hasta el criminal liberado. Hemos estado allí, observando un proceso perfectamente explicado y comprensible, pero también apasionador y fantástico. Ahora, en el suelo, en una escena tan parecida a la de su enloquecimiento en el sótano (4x11, Espacio del Arrastre), pero con un tono totalmente diferente, acaba la vida de Heisenberg; la de Walter H. White acabó hace mucho tiempo.




“Sólo llévame a casa; Yo me encargaré del resto”

El sol golpea fuerte desde las alturas de un cielo puramente azulado. Las aguas marrones del río corren sin parar desde el principio al fin de la película. La tierra, las hojas, el barro… Todo nos transmite, casi como si nos introdujéramos en la misma película gracias a extrañas artes de brujería, el ambiente propio de Arkansas, del Estados Unidos sureño que tantas veces se ha recreado en el cine. Ese es el principal punto fuerte de Mud; su cuidada fotografía consigue crear un estupendo ambiente en el que desarrollar una historia. Apenas necesita recurrir a la música (escasa y basada en suaves canciones de guitarra) para construir su escenario. En ocasiones, el lenguaje audiovisual puede conseguir que amemos, sin llegar a pisarlos, lugares y tierras nuevas para nosotros. Ya lo consiguen con sus magistrales planos el bueno de Vince Gilligan, que logra que sintamos especial pasión por los extensos desiertos de Nuevo México, o  David Benioff y Daniel B. Weiss con su espectacular retrato de la Fortaleza Roja. Jeff Nichols sigue el mismo camino; el problema es que, en un determinado momento, se detiene.

Sí, no deja de ser interesante el supuesto que plantea la película; un extraño fugitivo aparece en una isla prácticamente desierta, y se lucra de la ayuda de un par de niños para reconstruir un bote y tratar de escapar con la persona a la que ama. Tiene fuerza, y el director consigue, además, añadir un poderoso ámbito visual que te hace vivir la historia. Sin embargo, el tratamiento del relato parece empequeñecerse. El argumento avanza de manera exageradamente lenta.  “Si, claro, es para que progrese el carácter de los personajes”. Lo sé, la historia se basa precisamente en eso: El protagonista, Ellis (Tye Sheridan), va a sufrir una evolución sentimental gracias a Mud (Matthew McConaughey) que lleva un precioso tiempo retratar. El motor principal de la historia es el tema del amor y cómo esa energía afecta al elenco de personajes. Pero al centrarse en tratar de “contar” y “explicar”, la narración deja de “sentir”. La potencia que consigue al inicio decae a lo largo de la en exceso larga película, y no se recupera prácticamente hasta el final, casi de la misma manera que ocurre con el anterior proyecto del director, “Take Shelter” (2011) que parece querer explicar muy racionalmente lo que en principio surge de la locura de su protagonista. 


Ahora bien; pese a que me oponga radicalmente a la postura pausada de tratar el argumento, no puedo dejar de recomendar la cinta. No nos encontramos ante una joya del cine, por lo menos no como yo las veo, pero es, sin duda, una película muy interesante. McConaughey es capaz de captar la esencia de un personaje que, pese a recorrer un esquema muy habitual y recurrido, es algo diferente. Mud es altanero, quizás hasta chulesco en ciertos momentos: representa al típico “rebelde”. Aun así, muchas de las acciones que realiza a lo largo de la trama chocan de manera directa con su rol, ofreciendo una riqueza que el actor ha sido muy capaz de potenciar. Se complementa de manera perfecta con los dos niños (Ellis interpretado por Sheridan y Neckbone por Jacob Lofland), que se alejan muy gratamente de la inmensa mayoría de actuaciones infantiles del cine actual, que hasta rayan en lo ridículo.


                                     



En definitiva, es una pena que el para mi gusto demasiado lento y pausado ritmo de la película pueda alejar al espectador de su visionado. Es evidente que no nos encontramos ante un blockbuster, ni siquiera ante una aventura de acción. Quiere socavar y observar los sentimientos de sus personajes, pero no consigue dar con la clave para construir un relato ágil que vaya a la altura de las excelentes interpretaciones de los actores participantes y del espectacular ambiente visual. Pudiendo destacar gracias a su atractiva historia (como he dicho, “habitual pero, en cierta manera, diferente”) su principal fallo es precisamente que no destaca, que se queda en una interesante trama de amor desde una visión distinta, pero mal relatada. “Mud” es bonita, es interesante. Pero no es lo que promete. 

CALIFICACIÓN: 6/10

Hoy en día, es muy difícil no estar enterados de la más destacada actualidad política de nuestro país. Un señor desconocido hasta hace bien poco por la inmensa mayoría de la sociedad ha sido pillado con las manos en la masa. Millones de euros en cuentas suizas cuyo origen es todavía desconocido o, cuanto menos, dudoso. Por otro lado, (presuntamente) el gobierno de un país tiembla ante la posibilidad de que lo que hasta ahora ha permanecido bien escondido y guardado, salga a la luz. A pie de calle, podemos escuchar todo un abanico de opiniones. Desde la clásica “¡gobierno dimisión!” hasta una apuesta por la fiabilidad del ejecutivo. Es curioso ver como evoluciona la opinión social. Bárcenas, antes delincuente y ladrón, se hace, poco a poco, con el favor de la sociedad al dedicarse al “tirar de la manta” como medio para alcanzar su venganza. Y, por el contrario, la opinión que se quiere imponer desde las altas esferas es totalmente contraria: el extesorero contaba antes con el favor del gobierno y ahora es un delicuente. Al margen de estas dos fuerzas, encontramos a los medios de comunicación. Llegué a escuchar una vez, en uno de los debates de LaSextaNoche, que uno de los grandes “genios” del programa (no recuerdo si se trataba de Paco Marhuenda o de Alfonso Rojo) aseguraba que los medios forman parte de la izquierda.

Cada vez con más frecuencia (o eso me parece a mi) surgen voces que tratan de acallar totalmente los rumores (y más que rumores) que se publican sobre el “Caso Bárcenas”. “Por ahora no hay pruebas” dicen. “Estamos dando credibilidad a un delincuente” comentan. Son los mismos que tienen la desfachatez de denominarse a si mismos como “Periodistas”. No digo que no se pueda tener una ideología de derechas. Está claro que cada individuo tiene su propia mentalidad (gracias a dios). Sin embargo, la actividad de un periodista se basa en cuestionarse absolutamente todo. Más incluso si procede de una fuente gubernamental. ¿No es el periodismo un instrumento de garantía democrática? Si aceptamos a ojos cerrados lo que nos quieren hacer creer, no hacemos periodismo. Hacemos propaganda. Y de la mala. Lo que muchos intentan hacer, en vez de tratar de esclarecer, por todas las vías posibles, la situación que está haciendo temblar a España, es buscar argumentos para defender al Gobierno. Algo que se podría perdonar si los argumentos empleados fueran correctos, estudiados y defendidos mediante una sólida base. Pero se reducen a un muy triste conjunto de insultos y en definitiva, memeces. Oír en un supuesto debate de expertos cosas como “Vete a la Habana, comunista” o “A ti te gustaría un régimen castrista, ¿verdad?” es una vergüenza. Y que actualmente grandes puestos editoriales de periódicos españoles se limiten a emplear el “Y tú más” para defender lo indefendible, también.


Aquí en ningún momento he tratado de opinar acerca de la situación del caso (poco puede añadir mi visión personal). Intento reflexionar acerca de la manera de hacer periodismo. Y opinar que, se tenga la ideología que se tenga, un Presidente del Gobierno no tiene por qué defenderse públicamente, es absurdo. Eso es lo que daña la imagen social del periodismo. Eso es lo que daña a los verdaderos profesionales, o a los que actualmente tratan de estudiar la profesión.  

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